sábado, 18 de noviembre de 2017
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Mercado de trabajo y clase obrera.

1 Sí, hay recuperación, ¿y qué?

En el Estado español hay 6.500.000 personas, entre parados y eventuales, que carecen de una relación estable con el mercado de trabajo. Este fenómeno, cuyas consecuencias sociales son masivas y dolorosas, pide cuentas a una economía de mercado que se presenta como el único camino para llegar a una sociedad próspera y segura.

Ante esta cuestión, la respuesta del poder económico y político se basa en argumentos irracionales cuya finalidad es obturar la pregunta. Los medios de comunicación nos repiten insistentemente que la recuperación económica es un hecho. Aunque aparezca amenazada por la inflación, la recuperación económica es tan buena que algunos expertos la califican como de manual. Se cumplen con exactitud los requisitos de una recuperación duradera, a saber, primero aumentan las exportaciones, luego crece el consumo interno y finalmente el empleo. La recuperación es tan sólida que todo crece: el PIB lo hace en torno al 3%, la formación bruta del capital por encima del 5%, los resultados empresariales alrededor del 10 por ciento y el número de contratos de trabajo supera los 500.000 mensuales. Sin embargo, observando desde un punto de vista más cercano a las necesidades sociales este tipo de crecimiento, nos encontramos con un panorama mucho más sombrío.

Según la Encuesta de Población activa (EPA) del 1er. trimestre del 95, el paro ha descendido de enero a marzo en 50.850 personas y en los últimos 12 meses en 145.000. Esto se presenta por parte de las instancias oficiales como un gran éxito pero si echamos mano de la calculadora nos encontramos con que creciendo a este ritmo y sin que se incorporen al mercado del trabajo ninguno de los 200.000 jóvenes que cumplen 16 años cada ejercicio, así como renunciando al propósito de que la tasa de actividad de las mujeres deje de ser un 28% inferior a la de los hombres, sólo tardaríamos 24 años en eliminar el paro existente.

Ahora bien, si contamos con los 200.000 jóvenes que cada año llegan a la edad de trabajar, nos salen 72 años para acaban con el paro. Y si además aspiramos a equiparar el derecho al trabajo remunerado de las mujeres y los hombres nos aparecen casi 4.000.000 de mujeres a las que dotar de un puesto de trabajo. Con el ritmo de recuperación del último año, se han creado 397 empleos netos diarios. Así sólo tendríamos que esperar 152 años para ver una situación de pleno empleo en nuestro país. Para mayor abundamiento, no está garantizado un crecimiento económico como el del último año. Más bien está garantizada la imposibilidad del mismo, a la vista de las insuficiencias de la economía española.

Lo que sí aparece como garantizado es que ante el menor temblor en los resultados de las empresas, las gerencias mantendrán el nivel de beneficios a base de aumentar la productividad disminuyendo las plantillas con el fácil recurso de no renovar los contratos eventuales. De los más de 6.000.000 de contratos de trabajo realizados en 1.994 más del 97% fueron eventuales y el 80% de menos de 6 meses.

A finales de marzo del presente año, existían 983.800 hogares en el Estado español en los cuales todos sus miembros activos estaban parados. En el año 1.980 la cifra de parados era de alrededor de 1.500.000 y la población reclusa de 18.000 personas. En 1.995, 15 años después los parados ascienden a 3.600.000 y los presos a 46.000 personas. Puede observarse la correlación que existe entre el desempleo, la pobreza y la marginación. Todo ello contando en estos quince años con 6 años de crecimiento económico. Durante el quinquenio 85/90 el crecimiento fue muy superior a la media europea y sin embargo el paro no bajó de 2.500.000 de personas. En el último año, el empleo creado es sustitutivo del fijo que se destruye, de ínfima calidad y volátil en una gran proporción. El crecimiento de la exclusión es solo una cara de la moneda, los sectores ocupados ven reducirse su poder adquisitivo y empeorar sus condiciones laborales. Los costes salariales unitarios, descontando las jubilaciones anticipadas, crecen en 1.994 por debajo del IPC. Hemos batido el record de mortalidad laboral con 2.000 muertos por accidente de trabajo en 1.994. Todo esto nos da un cuadro de referencia para valorar los efectos de la magnífica recuperación económica en el terreno social.

2 El mercado de trabajo es cada vez más mercado.

El trabajo humano se ve cada vez más abocado a comportarse como una mercancía de las que intervienen en el proceso económico. La fuerza de trabajo, propiedad de las personas asalariadas se compra y se vende en un espacio imaginario llamado mercado de trabajo. En él los propietarios del capital compran el trabajo que necesitan para hacer funcionar las empresas. Sin embargo, el trabajo humano es distinto a cualquier otra mercancía porque a diferencia de todas las demás, que pasan a ser propiedad total del empresario que las compra, el trabajo de las personas se incorpora al proceso productivo sin ser arrancado de su propietario. Al estar unido a una persona, la fuerza de trabajo no sólo es una mercancía sino también es imaginación, deseos, vida.

El empresario necesita disciplinar el cuerpo que sostiene la fuerza de trabajo para que se comporte como una mercancía y de esta manera convertir el proceso productivo en algo calculable, predecible y por lo tanto racional. Los mecanismos que sirven para disciplinar el cuerpo que sostiene la fuerza de trabajo individual e impulsarles a obedecer a las leyes del mercado son diversos. Si el volumen de trabajo que se ofrece en el mercado por parte de los asalariados es superior a la demanda que realizan los empresarios, su precio tenderá a bajar y recíprocamente si hay pocos trabajadores disponibles y mucha demanda de empleo tenderá subir. Cuando el volumen de trabajadores es superior al del trabajo, no sólo bajará el precio del trabajo, es decir el salario, sino que también aumentará la competencia entre los distintos trabajadores y muchos de ellos tenderán a aceptar un trabajo en cualquier condición. En la concepción neoliberal todos los factores que se oponen a que las relaciones sociales se expresen únicamente en términos de dinero suponen un obstáculo para el funcionamiento de las leyes de mercado y por lo tanto impiden la calculabilidad del proceso productivo, por lo cual son tachados de irracionales. Este es el caso de cualquier coalición de intereses que tienda a resguardar a los trabajadores de la ley de la oferta y de la demanda. Es el caso de los sindicatos a los cuales se les exige modernización, es decir convertirse en correas de transmisión de las necesidades productivas y en maquinarias para el disciplinamiento de los trabajadores.

La presión a la baja sobre los salarios de los 3.600.000 de parados, el aumento de la diferencia en el seno de los trabajadores por los fenómenos de precarización y desestructuración, la casi imposibilidad de ejercitar los derechos políticos y sindicales para millones de trabajadores eventuales y parados, el proceso de reducción de coberturas sociales, etc., todo ello, sitúa cada vez a sectores crecientes de la población asalariada ante el aguijón de la necesidad, de manera que "libremente" acepten el puesto de trabajo que se les ofrezca en cualquier condición. Sin embargo, observando de cerca las condiciones que tienden a convertir en predecibles los comportamientos obreros, nos encontramos con que son factores ajenos al mercado y solo explicables políticamente los que han creado esta situación. La coacción y la desigualdad se enmascaran tras la ideología de un mercado transparente donde concurren individuos libres, propietarios e iguales entre sí.

3 Mercado de trabajo y clase obrera

Existe una cierta ambigüedad en el uso de estos dos términos. En un extremo tenemos el mercado de trabajo que puede ser definido como un conjunto de individuos que se relacionan para comprar y vender la fuerza de trabajo con el propósito de maximizar sus beneficios en esa operación y que actúan regidos por la ley de la oferta y la demanda. En el otro extremo existe la posibilidad de identificar a la clase obrera con una realidad político organizativa asimilable al movimiento obrero, que expresa en todo momento unos intereses comunes que pudieran llamarse intereses de clase.

La primera definición constituye el punto de llegada de la política neoliberal y la segunda representa el imaginario militante que otorga a los asalariados una suerte de entidad natural cuyo origen se encuentra en su condición de desposeídos y en el origen de sus rentas. Esta situación objetiva genera de manera automática unos intereses comunes, una conciencia de clase y unos comportamientos políticos determinados.

La realidad está siempre en un espacio intermedio entre ambas concepciones. Por muy desestructurada que se encuentre la población asalariada, siempre existe una capacidad de agregación y expresión de intereses comunes, tanto de forma espontánea como por la actuación sindical y por otro lado, ni en los momentos de mayor organización de los trabajadores dejan de darse comportamientos individualistas, corporativos o que expresen intereses transversales ajenos a la relación asalariada.

En esta tensión, siempre presente en el trabajo asalariado se expresa la contradición entre la naturaleza humana de la fuerza de trabajo y la expresión de la misma como mercancia en forma de dinero. Es de la hegemonía de una o de otra expresión de la que depende que podamos hablar de fuerza de trabajo o de clase obrera. Sólo en el caso de que la fuerza de trabajo se exprese bajo la forma de dinero es posible la secuencia en la que explotación, plusvalía y reproducción del capital aparezcan como una secuencia lógica.

Como realidad cercana a nuestra experiencia podemos considerar el proceso que media entre los comportamientos obreros del último franquismo y la transición política frente a la fragmentada apoliticidad de la fuerza de trabajo en el momento actual. Cuando la población asalariada exige demandas salariales, estamos en el terreno del mercado. Es el precio de la fuerza de trabajo lo que se discute, incluso cuando esa expresión es unificada y combativa. El sindicalismo actúa políticamente sobre el mercado introduciendo coaliciones de intereses para condicionar el funcionamiento del mismo, pero no se pone en tela de juicio la continuidad de la subordinación implícita a la relación asalariada, ni la naturalización de la economía capitalista, que aparece como el único horizonte posible para la sociedad ni el extrañamiento de las personas, reducidas al papel de productoras o consumidoras, prisioneras de un destino que se les escapa y perplejas en un mundo irracional.

Sin una crítica teórica y práctica de las múltiples dimensiones de la relación llamada capitalismo tendremos en el mejor de los casos un mayor reparto del producto social en algunos países occidentales a costa de la explotación de la mayoría de la población pobre del planeta y de la progresiva destrucción de los recursos naturales. Solo avanzando desde fuera de la relación mercantil, podemos conjugar los conflictos que se producen dentro del mercado de trabajo, en la periferia y en el exterior del mismo en una crítica fuerte del capitalismo. Mientras tanto, la izquierda huérfana de una crítica real al capitalismo, nos debatimos en la impotencia de elegir, y encima tener que luchar, por el tipo de capitalismo que queremos tener.

4 La respuesta de la izquierda

No sólo se trata de constatar una vez más con el consiguiente despliegue de datos la penosa situación actual de los trabajadores y el avance de la teoría neoliberal que actúa no solamente como reflejo de la realidad sino como prescripción y orientación para la construcción de dicha realidad. Por parte de la izquierda es imprescindible una explicación de la realidad que ponga de manifiesto el proceso de coacciones, engaños, complicidades y errores que explican la actual configuración de dicha realidad. Es imprescindible salir de las concepciones basadas en la existencia de leyes de la historia, o de la economía, que presiden el desarrollo de la sociedad. Sobre estas ideas se construye la teoría de que el capitalismo es irracional porque impide el avance del progreso y que es la izquierda la que al interpretar correctamente esas leyes de la historia, está en condiciones de convertir en racional el desarrollo social y conducir a la humanidad al progreso.

No hay nada más racional para conseguir el desarrollo económico y el aumento de la productividad que la actual mundialización del capitalismo y la colocación de la competitividad como ultima razón de funcionamiento económico. La capacidad de producir riqueza por el capitalismo maduro es simétrica a la de producir pobreza, sufrimientos y exclusión. Las autopistas de la información coexisten con el crecimiento de los vendedores en los semáforos. La alternativa para grandes masas de trabajadores excluidos es nula en el futuro que se dibuja.

Intentar superar la marcha actual del desarrollo capitalista con invocaciones a modelos como el Keynesiano que se desarrolló en Europa tras la 2ª guerra mundial sin contar con el escenario sociopolítico presente a partir de 1.945 constituye un camino sin salida para la izquierda. Esta táctica sirve para aparentar que tenemos algo que proponer cuando en realidad no tenemos nada alternativo. Ante ese vacío, las propuestas reales son las del poder económico apoyado por la política institucional y los medios de difusión de masas.

Es desde fuera de la lógica mercantil desde donde hay que hacer una crítica al capitalismo en base a facilitar la expresión de los deseos, necesidades y subjetividades de las inmensas minorías perjudicadas por el actual modelo de desarrollo y la actual civilización. Fomentar la expresión del oceánico conflicto que está latente en la sociedad y generar dinámicas de confrontación en las cuales se podrá constituir un sujeto capaz de interrumpir la lógica de la civilización actual. Esto implica la dedicación de cuadros, recursos, formas organizativas e iniciativas, en direcciones distintas a las que tiene puesta su mirada la izquierda actual, poniendo el acento más en el movimiento que en las instituciones, más en la expresión del conflicto que en la negociación del mismo. Se trata de entender en suma, que el avance hacia un mundo más humano requiere simultáneamente de la fuerza de la crítica y de la crítica de la fuerza.
 

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