domingo, 24 de septiembre de 2017
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Anexo A. Sobre precariedad, exclusión, mercado y Estado.

3.1 Precariedad y exclusión

En el capitalismo, la exclusión y la precariedad no son estados carenciales como la vejez, la enfermedad o la infancia, sino estados artificialmente producidos a través de una generalizada violencia social. La fuerza del capital radica en su capacidad para vampirizar los procesos de vida y cooperación, alimentando con ello su propia valorización y convirtiendo ésta en la fuerza constituyente de la sociedad. Este proceso crea una dislocación generalizada: la economía deja de ser un instrumento para la vida social, haciendo de la sociedad un instrumento para la economía; el trabajo debe expresarse como trabajo asalariado y con ello, deja de ser para la vida, pasando a ser la vida para el trabajo; la naturaleza no es tratada como nuestra casa sino expoliada, manipulada y contaminada; los sentimientos, la compasión y las emociones, solo cuentan como una moral interior sin consecuencias en nuestras formas de vida, trabajo y consumo; las necesidades humanas sólo se satisfacen a través del mercado o del estado, pero no a través del apoyo mutuo, desde dentro de la comunidad; los cuidados de las personas, al realizarse por las mujeres en el interior del hogar familiar, no están en el mercado de trabajo y por tanto, no existen oficialmente, la actividad de cuidados, en el lenguaje oficial de la Encuesta de Población Activa (EPA), se llama "inactividad"; las principales relaciones entre las personas no se producen directamente, sino a través del intercambio rentable, es decir, a través del dinero; las personas no son sociables, lo que es sociable es el dinero; en el capital, no en las personas, debe radicar el principio de cooperación y de producción de riqueza; las personas se relacionan entre sí como cosas y las cosas se relacionan entre sí como personas; el orden social no se funda por las relaciones entre las personas (política), sino por las relaciones entre las cosas mediadas por el dinero (mercado).

Esta catástrofe humanitaria y social no se resuelve, sino que se agrava, con un "buen empleo". La causa del paro y la precariedad es, precisamente, el trabajo (asalariado). La fuerza del capital proviene de la violencia con la que se constituye en sujeto dominante. Esta violencia excluye todas las dimensiones de la vida que no son útiles para el beneficio económico privado. El poder capitalista inocula a sus víctimas esta lógica en forma de deseos de consumo y apropiación irracionales. Pero la debilidad del capital radica en la posibilidad de que sus víctimas comprendan la naturaleza de este mecanismo y se vuelvan contra él, haciéndolo imposible. Sin dejar de pertenecer, en parte, a esta lógica que lo invade todo, es necesario identificarla y nombrarla para, tanto desde dentro como desde fuera de ella, combatirla. Lo excluido y lo apartado reaparecen frecuentemente de forma desordenada, generalizando la lucha entre las víctimas y dando armas a los de arriba para reducir las libertades de los de abajo. Desde dentro de esta lógica excluyente no hay solución, porque ambos extremos incluido - excluido son sólo los dos polos, a lo sumo intercambiables, de un mecanismo antisocial e inhumano. Un buen empleo, un buen salario, un buen consumo, no solucionan la exclusión de sus beneficiari@s, porque requieren la degradación de la propia dimensión social, la exclusión de otr@s much@s y la subordinación de las mujeres. Pero, desde fuera de la lucha de los excluidos, sólo tenemos compasión, oenegés y socialismo de cátedra.

3.2 El papel del Estado. El más frío de los monstruos fríos.
Para Hegel el estado es la expresión de la sociedad y el resumen de los intereses generales, un aparato neutro que garantiza la igualdad y la libertad de los individuos. Para Rousseau, el estado es legítimo cuando representa el consenso moral del cuerpo social. Educando a los individuos en las virtudes morales necesarias para el orden social, el estado establece la moralidad en correspondencia con esa virtud natural de las personas. Para Hobbes, el estado (Leviatán) es el origen de la convivencia pacífica, al someter a su voluntad soberana a los hombres que, en estado de libertad, viven en permanente guerra civil. Para Adam Smith, el estado debe garantizar la libertad individual, la propiedad privada y el libre funcionamiento del mercado, porque de dicho mercado provienen la prosperidad y las relaciones pacíficas de l@s ciudadan@s. Para los liberales el estado es el garante del mercado. Para los socialdemócratas el estado es el regulador del mercado.

3.3 Capitalismo Global: Mercado. Estado. Individuo.

Más allá de sus diferencias, todas las teorías modernas parten de la noción de un individuo aislado y previo al hecho social o político. El individualismo metodológico describe - y prescribe - a un individuo a partir del cual, construir la sociedad. Sin embargo, no habría ser humano individual, persona, sin el hecho social, sin la sociedad. Tampoco habría sociedad sin personas, sin individuos sociales, que solo pueden individualizarse desde su dimensión social previa. Al igual que el lenguaje no es posible sin los otros, la persona, que es un ser social, no es comprensible sin la sociedad. La sociedad no solo es resultado sino también condición para el ser humano. El ser humano, construido por el lenguaje, es un ser racional porque tiene el "logos", el habla, que es una adquisición social. La base de las teorías que legitiman la precariedad y la exclusión, ofreciendo, como única salida, más mercado o más estado se asientan en una representación falsa de la naturaleza humana. Por eso, la antropología, la sicología, la economía y la sociología actuales, partiendo de la falacia del "individualismo metodológico" deben resolver el problema de la constitución de la sociedad desde la dictadura del estado (sin una autoridad exterior que ponga las normas es imposible la convivencia) y desde la teología del mercado (cada uno mirando dentro de sus propios intereses construye, por una fuerza providencial - la mano invisible -, la convivencia ordenada)

Por el contrario la concepción de la naturaleza humana como una naturaleza social, que solo es humana con los otros, permite comprender racionalmente la naturaleza social de la precariedad y la exclusión y, por lo tanto, abrir la posibilidad de modificar dichos problemas desde nuestras propias acciones y omisiones. Desde la noción de una naturaleza humana que incluya las relaciones sociales entre las personas, los fenómenos de precariedad y exclusión, es decir la situación social del @s precari@s y excluid@s ya no aparece como algo ajeno a la situación social (los hábitos de trabajo, participación y consumo) de los incluidos.

A partir de aquí, la libertad individual no consiste en eliminar los obstáculos para satisfacer los propios deseos, sino en la capacidad para elegir entre el bien (lo que tiene en cuenta, además de mis deseos, las necesidades de los otros, produciendo seguridad para tod@s) y el mal (tener en cuenta exclusivamente mis deseos, pero no los deseos de los demás, produce competencia, lucha e inseguridad). Con estas nociones no se elimina el mercado, pero se le ponen límites normativos que favorecen la creación de redes de apoyo mutuo y protección, basadas en la cooperación de las personas y de los pueblos. No se elimina el Estado, pero se multiplican los poderes intermedios que lo condicionan y acotan en su dinámica de dominio. No se elimina el poder, pero se recupera para las personas, en el interior de los grupos sociales, su poder personal como cuota - parte del poder del grupo, en lugar de que el poder de las personas, dependa del poder otorgado por el Estado o por el Capital. No se disuelven el Mercado ni el Estado, pero se les regula desde la sociedad, limitando su poder desde el poder popular.

A partir de estos paradigmas, cabe concebir el bienestar en términos colectivos y no individuales. La libertad como capacidad para elegir entre el bien y el mal, en lugar de cómo la eliminación de los obstáculos exteriores para satisfacer el propio deseo. La educación como la formación de los niños y niñas para ser personas virtuosas (capaces de ser libres y practicar el bien), en lugar de personas decentes (que siguen las normas del mercado y del estado sin interrogarse por las consecuencias de exclusión e inseguridad que estas instituciones producen). Podemos utilizar la razón y la inteligencia como herramientas para establecer nuestros propios fines y moderar nuestros propios deseos superfluos, teniendo en cuenta las necesidades de los demás y los límites de la naturaleza, en lugar de utilizarlas como un instrumento para satisfacer nuestros deseos individuales por encima de todo. Considerar la política como la formación permanente de las personas éticas, la felicidad como el placer de hacer el bien y la pedagogía como la repetición de las acciones buenas y el aprendizaje que permite disfrutar haciendo el bien.

Con estos principios no se solucionan los problemas por arte de magia, no se disuelve la guerra, la violencia, el mercado, el estado, el daño producido por quinientos años de razón instrumental, ni las secuelas de una humanidad explotada, degradada y envilecida, prisionera de la violencia y de la lógica del mal, que es la lógica del capitalismo. Sin embargo, al producir una ruptura teórica con los paradigmas de la explotación y el dominio, los avances conseguidos formarán parte de la solución y no parte del problema. Establecer una tensión entre el ser y el deber ser, adentrándonos en un mundo incierto, sin leyes teológicas que garanticen nada de antemano, es el vertiginoso ejercicio de la libertad colectiva, de la recuperación del protagonismo en la protección social y los cuidados de las personas, del dialogo como experiencia democrática radical, de la constitución de sujetos sociales que se autodeterminan colectivamente, del poder constituyente como fundamento popular del orden político y del acontecimiento revolucionario, como transformación local de las relaciones entre las personas y de estas con la naturaleza, sin la cual, no hay cambio social que valga.

 

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