jueves, 23 de noviembre de 2017
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Anexo V. La relación salarial es una relación social

El capital no tiene una única forma. Unas veces se presenta como dinero, otras como mercancías y otras como medios de producción. Sin embargo, siempre se presenta como valor que se valoriza a sí mismo. Esto lo consigue sometiendo múltiples procesos de vida a sus propios fines. Uno de ellos es el trabajo humano. El trabajo asalariado no es un hecho natural sino uno hecho político basado en la coerción.

En el capitalismo, que es la universalización de la forma mercancía, el trabajo se ve obligado a comportarse como una mercancía más en manos del capital. Por eso, las personas trabajadoras ven sus necesidades condicionadas por las necesidades del capital. En cada formación social, el trabajo está determinado por la estructura de relaciones sociales en la que se realiza. El trabajo de una persona no contiene, en su despliegue laboral, todas las claves que le determinan. En las sociedades capitalistas el proceso de trabajo no consiste en la cooperación de cada persona para el ciclo de valorización del capital. Si tener en cuenta este hecho, no se comprende nada de las leyes invisibles qué someten al trabajo y a l@s trabajadores dentro y fuera de las empresas a dicho ciclo.

La lucha anticapitalista es también la lucha contra la forma asalariada del trabajo. Al igual que el capital, el trabajo asalariado no es posible fuera de un determinado orden de relaciones sociales. El trabajo asalariado es la forma social que adquiere el trabajo, es decir, la actividad humana dedicada a la producción de los medios materiales de vida, cuando dicha actividad está regulada por la producción de valor y de beneficio económico. Los ciclos temporales del trabajo humano, que es vida y producción social, se ven obligados a adaptarse a los ciclos temporales de la fuerza de trabajo, que es mercancía destinada a la producción de plusvalor. Pero ambos tiempos están, conflictivamente, dentro de la persona asalariada.

En el capitalismo, los ciclos temporales del trabajo humano, que es vida y producción social, se ven obligados a adaptarse a los ciclos temporales de la fuerza de trabajo, que es mercancía destinada a la producción de plusvalor. Pero ambos tiempos están en la persona asalariada.
Las relaciones de explotación que rigen el trabajo son inseparables de la forma asalariada de dicho trabajo y de la “inmersión” e invisibilidad del trabajo de cuidados en manos de las mujeres. Estos hechos, con su red de servidumbres jurídicas, políticas, económicas, familiares y culturales es, a su vez, inseparable de la explotación. Para que el trabajo humano sea obligado a expresarse como lo que no es, como una mercancía, es necesario obligar a las personas a acudir al mercado para vender su capacidad de trabajar. La creación del estado de necesidad que obligue a la gente a vender su fuerza de trabajo, exige uniformizar los tiempos de vida, de cuidados, de participación social, de gozo, de actividad y de creación cultural, bajo la regulación del tiempo de trabajo productor del capital. En este proceso, la separación de la persona de sus lazos comunitarios, de sus medios de producción y supervivencia, de sus obligaciones recíprocas de cuidar a otr@s, son las condiciones para que la persona asalariada, ahora "libre" y "modernizada", tenga que acudir, sin mas opciones, al mercado de trabajo para poder sobrevivir. Esta “liberación” tiene un carácter bien diferente en su negatividad para el caso de las mujeres que no son “liberadas” como los hombres de su trabajo de “cuidar” a otr@s.

Casi toda la sociología del trabajo y casi toda la izquierda, consideran el conflicto como una anomalía, a pesar de que el conflicto de clase y de género están clavados en el núcleo mismo del trabajo asalariado. La capacidad de la fuerza de trabajo para crear valor se debe, precisamente, a esta tensión constitutiva de la relación salarial. La subordinación del tiempo de vida, del tiempo de trabajo y del tiempo de cuidados al tiempo del trabajo asalariado – hecho que parece algo “natural” - consigue que, lejos de mostrarse esa relación como la degradación del trabajo y de las relaciones humanas, parece que dicho trabajo y su propietario, el “pater familiae” asalariado, se enriquecen por su cualidad de crear valor.

La capacidad de las personas para producir bienes útiles y para multiplicar su fuerza productiva mediante la cooperación y la tecnología dependen del cuerpo y de la inteligencia de las personas que trabajan. Sin embargo, el capital, al comprar la fuerza de trabajo, adquiere el derecho de utilizar estas capacidades para unos fines y con unos procedimientos, ajenos a la voluntad de dichas personas. Esto quiere decir que el cuerpo y la inteligencia de las personas trabajadoras, son expropiados al incorporarse al proceso productivo asalariado, pero, eso sí, con el consentimiento de los propi@s trabajador@s. De esta forma, la fuerza productiva de la tecnología y de la cooperación, parece residir en el capital y no en las personas que trabajan.

En el capitalismo, el trabajo productivo humano es obligado a expresarse a través del proceso laboral que produce plusvalor. Los tiempos humanos de vida, de participación social y de cuidados, están presididos por los tiempos de producción de plusvalor. Tanto los bienes y servicios que la gente necesita, como la creación de puestos de trabajo, son sólo el soporte necesario para la creación de plusvalor para el capital. Las necesidades humanas y la dependencia de un salario para sobrevivir, tendrán o no satisfacción, en la medida que sirvan para la reproducción del capital. Al amoldarse a este orden, la vida de la población asalariada no tiene como fundamento vivir, sino, en el mejor de los casos, sobrevivir en base a la producción y al consumo de mercancias. Los actuales sistemas parlamentarios se limitan a preservar los mecanismos de reproducción de este orden e impedir cualquier cambio. Esta lógica social que degrada el trabajo humano, la economía, la política y la naturaleza, no se sustenta sólo en el dominio y la fuerza, sino que es compartida por las personas trabajadoras. Está incorporado a nuestro propio imaginario y anudada a nuestros propios deseos. Ese consentimiento, esa adhesión, es la base de la legitimación del capitalismo y la principal condición para su sostenibilidad.

El capital, el dinero, la forma valor, el intercambio rentable, la persecución del interés individual, como fundamentos del mercado, se convierten en el modo de regulación social dominante. L@s trabajador@s sólo se relacionan entre sí después de que su libertad ha sido expropiada por una voluntad ajena, que les ha incluido en un proceso laboral asalariado cuya finalidad esencial, la producción de plusvalor, se encuentra en permanente colisión con sus necesidades y derechos. El mercado avanza a costa del retroceso de la redistribución y la reciprocidad. La lógica mercantil no destruye las otras lógicas sociales sino que las incorpora, subordinadas, a su propio proceso. La producción de una subjetividad social, adaptada a este funcionamiento, es esencial para su permanencia. Las relaciones entre personas adoptan la forma fetichizada de relaciones entre cosas. Ese consentimiento implica aceptar que el valor es un atributo de la mercancía, es decir, del capital, en lugar del resultado de un proceso de producción en el que las personas trabajadoras lo han creado. La lucha contra el capitalismo exige la lucha contra las condiciones que hacen posible que esta forma de trabajo sea la dominante y se extienda por el mundo a través de la globalización.

LA RELACIÓN SALARIAL ES UNA RELACIÓN SOCIAL.
No solo se expresa en el momento de la producción. El proceso laboral, con toda su centralidad, es solo el resultado de una envolvente social y de un proceso histórico previo. El proceso laboral no contiene dentro de sí todas las claves que lo explican. No permite visualizar las fuerzas que permiten la separación entre fuerza de trabajo (capacidad de producir) y el trabajo (acto de producir) en el que, tras ser vendida como una mercancía, la fuerza de trabajo, sin separarse de la persona trabajadora, es usada por su nuevo dueño, el capitalista, en el proceso laboral.

Por eso, un sindicalismo anticapitalista, debe plantearse, no solo las condiciones de intercambio de la fuerza de trabajo (salario, condiciones laborales, etc.). También debe tener en cuenta las formas de circulación de las mercancías y de los medios de producción, el consumo y la distribución del trabajo social, la desigualdad y subordinación de las mujeres en el trabajo asalariado y la desigualdad y descompromiso de los hombres en el trabajo de cuidados, así como las representaciones culturales que conforman los deseos y aspiraciones de l@s trabajador@s. Es necesario contemplar el funcionamiento de las formas de producción y las formas de circulación capitalista, tanto en su vertiente material como en su dimensión simbólica, en la esfera pública del mercado y en la esfera privada de la familia, como las distintas partes de un todo que se retroalimenta constantemente a sí mismo. Este ciclo aparece como un movimiento autopropulsado, una sustancia en proceso, un sujeto automático, algo natural e inmodificable. Sin ver el conjunto, no se pueden construir las palabras y las imágenes que expliquen cómo explota y cómo domina el capitalismo aquí y ahora. Sin estas palabras, nunca se podrá interrumpir la lógica del capital. Pero si las palabras que explican la relación social llamada capitalismo, no se expresan desde los lugares sociales en los que se desarrolla la lucha contra sus daños, dichas palabras son socialmente estériles y se degradaran a la condición de armas para la lucha de frases.

El salario no es el pago del trabajo (el valor de lo producido por la persona que trabaja), sino el precio de mercado de la fuerza de trabajo, es decir, lo que cuesta, en cada momento y lugar, la producción y reproducción de la vida del trabajador y de su familia. El salario no depende del valor añadido por el trabajo de la persona asalariada, sino del precio de la mercancía “fuerza de trabajo”, es decir, del coste de producción de la vida del trabajador. Las regulaciones políticas del precio de esta mercancía (convenios, leyes laborales, reglamentos estatales, etc.), solo son correcciones de este precio. El salario que nos pagan no es por el valor del producto que producimos sino por el valor que cuesta producirnos a nosotros mismos como productor@s asalariad@s, como mercancías imprescindibles al ciclo del capital.

Unas deportivas fabricadas en Asia tienen un coste de dos euros, representando el salario un 50% del total del coste, es decir, un euro. Si esas zapatillas se venden en Europa a un precio de 100 euros ¿porqué el salario de la persona que trabaja en Asia no es de 50 euros? La estructura político-social de muchos países de Asia explica que la gente asuma las condiciones de vida que supone el salario de un euro. Para la persona que fabrica estas zapatillas, queda demostrado que el salario no paga el valor añadido por el trabajo en las zapatillas, sino el precio de producción de la fuerza de trabajo, del trabajador, en ese país de Asia.

La globalización tiende a desmontar todas las barreras de protección política que impiden que la mercancía fuerza de trabajo, sea transparente a las leyes de la oferta y la demanda. Si hay más volumen de trabajador@s que de empleos, el pecio de la fuerza de trabajo, el salario, debe bajar. La empleabilidad, término postmoderno, eje de las políticas de empleo en Europa, noción asumida por partidos de izquierda y sindicatos mayoritarios, consiste, precisamente, en eliminar todas las protecciones sociales que permiten a una persona desdeñar ciertos empleos por sus ínfimas condiciones.
Cambiamos al niño indonesio por la persona que hace trabajo textil domiciliario sumergido en un pueblo de Castilla la Mancha por un precio de 0,2 euros por minuto. Esta persona se enfrenta, a través del mercado global, con otra que hace el mismo trabajo en Túnez por un precio de 0,1 euros por minuto. La competitividad se convierte en un argumento incontestable. Si en Túnez el precio del trabajo es la mitad, l@s manchegos, si no quieren que el proceso laboral se traslade a Túnez, tendrán que aceptar ganar la mitad de lo que ganan.
Estos ejemplos prueban que el salario es independiente de lo que cada uno produce realmente. Pero también que la libertad de movimientos de los capitales constituye un mecanismo para burlar los derechos sociales y laborales e incumplir los derechos humanos.

La desaparición del trabajo como actividad humana productiva de bienes útiles y el auge de la fuerza de trabajo como mercancía productiva de plusvalor para el capital, son simétricas. Cuanto mayor es la escala de movimientos del capital, mayor es su independencia respecto a regulaciones y leyes. Esta dinámica supone, para la mayoría, en los países del centro, la precariedad y la privación de derechos y libertades consagrados en la Constitución y en los países de la periferia del capitalismo, el hambre, la muerte y la guerra. La forma salario, como forma dominante de identidad, pertenencia y fuente de recursos, constituye un atentado a la democracia, perpetrado desde dentro la democracia misma. La insurrección silenciosa de las patronales, ante el consentimiento y la cooperación de las instituciones y la complicidad de la izquierda, son la base de la colaboración de la mayoría. Esta situación supone una permanente vulneración de las leyes, no reconocida por el poder político, ni por el poder judicial, es decir la disolución, defecto, del estado de derecho.
 

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