domingo, 24 de septiembre de 2017
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Dos partidos fundamentales

Al presidente Rodríguez Zapatero se le escucha con gusto aquí, por Madrid. En la comisión del 11-M ha sido contundente sin crispación, ha dado información y buscado convencer sin imponerse, en definitiva ha transmitido una actitud ética en vez de fingirla con el envaramiento del elegido y el rictus estereotipado de dignidad política.

Y cuando Zapatero trata de persuadir, dice las razones sin perderse por ideologías arcaizantes. Así, en un punto álgido de su discusión con los «nacionalistas» en la comisión del 11-M: la diferencia entre los partidos políticos menores y los dos grandes partidos de la democracia española es que los primeros son importantes, mientras que los segundos son fundamentales. El pacto antiterrorista entre PSOE y PP se puede ampliar, pero sin tocar al consenso entre ambos en este punto; sí, ellos son el Estado, su núcleo duro, ellos se reparten la representatividad, ahora democrática, de los opuestos en la Guerra Civil. Ellos son el Estado y el Estado es lo que cuenta, lo demás no será une quantité négligeable; pero casi: los otros partidos deben saber cuáles son sus estrechos límites; la gente, no digamos.

Ampliar el pacto antiterrorista sería deseable, dice Zapatero; pero no se puede hacer sin el PP, porque el PP es el otro partido fundamental. Luego parece que no se hará. Por otra parte Zapatero no va a perseguir o a marginar a los «nacionalistas» (eso ya lo hacen los jueces); pero a los terroristas quiere dejarles claro que nunca conseguirán nada. Una estrategia muy correcta, si no fuera porque entre tanto el Estado es quien se está desprestigiando y deshaciendo su envés él mismo. ETA se acabará un día u otro; pero ¿y qué pasará con un Estado que se deslegitima él mismo cada día? El terrorismo utilizará, como ha dicho Zapatero, los procedimientos más abyectos para imponerse. Pero ¿hay algo más abyecto que la tortura? El último informe de Amnistía Internacional sobre España, basado sólo en los protocolos judiciales, enumera la imposibilidad de condenar a los torturadores en muchos procedimientos por prescripción de la pena, por imposibilidad de determinar el culpable individual, por no facilitar el Estado la investi- gación, cuando no indulta y asciende a los torturadores, y apenas ofrece reparación a las víctimas de la tortura: el panorama cuantificado de Amnistía es un cuadro del horror. ¿Podrá sobrevivir este Estado con sus dos partidos tan fundamentales? Lo que está en juego aquí no es el ‘Departement’ de Argelia.

Zapatero inicia el camino de la persuasión democrática... sin que el Estado deje de enseñar el palo y de dar con él (sé que la metáfora es demasiado suave). Herri Batasuna se mueve seguramente demasiado tarde; pero sobre todo es la política española la que, si alguna vez llega a abordar el problema político que ahora no quiere reconocer, llegará demasiado tarde, con ETA o sin ETA. Los dos grandes partidos sólo se reconocen a ellos. Ni siquiera son capaces de apreciar lo que le deben al PNV. Puede que un día estén solos con sus propios restos.

España no sobrevivirá con esta clase política, ni siquiera con la ayuda en que confía de la Unión Europea y del primo de Zumosol. O España ya está muerta, la han matado por segunda vez los partidos «fundamentales»; y el calvario del 11-M no ha conocido el inicio de una resurrección, que entonces, quizás, uno se imagina que hubiera sido posible. ¿O no?
Hay fundamentalismo nacionalista en España, desde luego español, reconozcamos que también catalán, vasco (el único a que se ha referido Zapatero)... Pero ¿por qué los nacionalismos periféricos son, además de haber constituido la piedra de toque de la democracia, casi su último refugio? El nacionalismo constitucional, democrático, soli- dario de un pueblo español, invocado recientemente por el ministro Bono ante los militares, será un intento de integrarlos en la democracia de los dos partidos indispensables; hasta ahí tal vez lleguen, pero ese nacionalismo no pasa de idea celestial montada sobre un fraude.
Rodríguez Zapatero da la impresión de un soplo ético empeñado en reanimar un cadáver predestinado. Pero no es un soplo ético lo que ese enfermo necesita, tampoco el matarife, que han invocado siempre como cirujano sus señores, sino aire, alimentación sana, libertad. El talante ético de un gobernante de buen corazón podrá echar a otros la culpa de los males en que consiente obligado por las circunstancias. Es el dilema del alma bella, que Hegel estudió magistralmente en su “Fenomenología del Espíritu”. Mejor que Zapatero no la lea, con los antecedentes que tiene en su «fundamental» partido. Un presidente de la Iª República española, Nicolás Salmerón, dimitió antes que firmar una pena de muerte; pero este presidente de gobierno está comenzando...


Gara. 16-12-2004

 

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