jueves, 23 de noviembre de 2017
Inicio Área de Pensamiento Sicología Social La era de la fe ciega. Medios de comunicación y producción de la realidad (III) <br> Empeñados en no reconocer la causa

La era de la fe ciega. Medios de comunicación y producción de la realidad (III) <br> Empeñados en no reconocer la causa

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El discurso weberiano que caracteriza a la modernidad por la separación de las tres esferas de la cultura –ciencia, ética/política y estética- coincide con un análisis sintomático que advierte crecientes signos de “epistemofobia” en nuestra sociedad, su autoconcepto y sus procesos de reflexión. Lo “racional” se instrumentaliza como legitimador de procesos excluyentes y desequilibrados, de forma que dejamos de preguntarnos acerca de la posibilidad de construir una sociedad justa. Lo “justo” es lo acreditado como verdad absoluta por teorías “racionales” pseudocientíficas que se justifican mediante modelos “matematizados”. “Competencias perfectas”, “libertad del consumidor”, “consumo como paradigma democrático”, “vacía apología de las libertades”,… desde una “ciencia” económica-social predicada como neutral pero productora de ideología movilizadora por el individualismo y el margen de beneficio de cada decisión.

La comunicación de masas funciona sobre un progreso tecnológico a la vez que sobre un proceso social: extendiendo el discurso publicitario, instaurando en las conciencias un objetivo principal e incuestionable -¡vender!-, empobreciendo lenguajes, buscando hurgar de manera intensa en la emotividad, vaciando -de información propiamente dicha- cualquier mensaje. La economía simbólica del lenguaje es la que controla las mentes de los actores políticos y sus propias acciones. [1]

Capitalismo, exclusión, antidemocracia, desarraigo, riesgo, deuda, miedo, escasez, abundancia, racismo, determinismo, son términos complementarios en un mismo orden social en que la explicación “racional” se construye como coartada para justificar hechos consumados con motivos éticamente inconfesables, de modo que cualquier método de análisis ordenado y explicativo, si busca relaciones causa-efecto más allá de las dictadas desde un determinismo pre-diseñado por el discurso hegemónico, fracasa.

Apología del reduccionismo y fundamentalismo de mercado. Esa parece ser la verdadera religión totalitaria de nuestro siglo, si atendemos a su fuerza movilizadora -individual y colectiva- y a la colonización que ésta lleva a cabo en nuestro espacio y tiempo vitales.
* Hoy en día lo que cuenta no es el contenido de la comunicación, lo que cuenta es el número de personas que consumen esa comunicación. [2]

Podría decirse que nuestra cotidianeidad se compone, más que nunca, de un compendio de “actos de fe” que repetimos tanto como invocamos a la racionalidad para justificarlos: los parámetros económicos, su lenguaje, el trabajo asalariado y el consumo permanente permeabilizan el orden psicosocial de la vida.
No se trata del clima idóneo para tratar, sin extremismos e intolerancias, la concepción de un Otro –étnico, idiomático, cultural, económico, territorial, político,…- cada vez, por otra parte, más presente en nuestro vecindario.

Esa “epistemofobia moderna” se caracteriza por la ausencia de cuestionamiento o replanteamiento político para ciertos problemas endémicos que no han menguado –todo lo contrario- con la llegada de cambios más forzados en el orden económico-social. De esa manera, los ejemplos cotidianos de “pasaje al acto” crecen en número y en gravedad. En psicología, se habla de pasaje al acto como el proceso en que el sujeto con trastorno de conducta, sin reflexión alguna de por medio, percibe un estímulo y actúa directamente, de forma que, a la vista de un tercero, no existe coherencia –relación lógica- entre lo recibido y lo expresado. Muchas veces se acompaña de violencia o agresividad, y nunca contribuye a resolver con eficiencia el problema que define esa situación de trastorno.

Pues bien: extrapolando tales términos a la reacción social –y a su expresión política o institucional- al respecto de la exclusión, la inmigración, la cárcel, las formas de violencia, la discriminación sexual o étnica, las ideologías, los procesos identitarios, el consumo compulsivo y desmedido, la despolitización creciente,… podríamos concluir que como sociedad también protagonizamos sucesivos pasajes al acto. Siempre que busquemos antes el culpable que la causa, por ejemplo. Siempre que pidamos más castigo en lugar de más prevención y resiliencia –palabra clave en un trabajo social que pretenda cambios hacia la justicia-. Ello se acompaña de un fenómeno simultáneo: la delegación de responsabilidad en agentes abstractos; la falta de participación política, social y cooperativa. Desde la construcción de hogares cada vez más herméticos a la constitución de un sistema parlamentario-contemplativo de facto, en que el ser político es engullido por el ser económico pero la persona mantiene unas necesidades de autorrealización y desarrollo en el ámbito de las emociones/pasiones cada vez peor satisfechas. Y en este escenario, la comunicación de masa no es vehículo de cambio social, ni mucho menos. Acaso actúe como anestésico no exento de múltiples contraindicaciones. Desde los grandes medios se articula la institucionalización de ese pasaje al acto y, en sus extremos más preocupantes, la legitimación epistemofóbica de una nueva “ley del talión”.

NOTAS
[1] Mª Fernanda Noboa. Los politólogos actuales. Universidad Central de Ecuador.
[2] Ignacio Ramonet. En: La tecnología. Revolución o reforma. El caso de la información. Hiru. Fuenterrabía. 2000.

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