viernes, 24 de noviembre de 2017
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¿Qué es el CAES?

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Es de la militancia revolucionaria en la clandestinidad de donde nos hemos nutrido en nuestros comienzos. Aunque siempre hemos estudiado individual y colectivamente, en los últimos 20 años, el trabajo teórico ha pasado a ser una tarea primordial y sistemática en nuestra actividad. Desde entonces, nuestra trayectoria ha contenido un continuo ajuste de cuentas con el dogmatismo, el sectarismo y su caldo de cultivo, la ignorancia y la ausencia de trabajo teórico en la actividad militante.
Hemos sustituido la certeza de los grandes relatos y la fe en las leyes todopoderosas del progreso histórico por la complejidad de los diversos sujetos sociales a construir y la firmeza de nuestro compromiso. Vivimos la relación trágica entre ética y política.

Abordamos nuestra actividad militante desde un complejo proceso de estudio y elaboración teórica, trenzado con una intensa intervención en las luchas sociales. Una tensión innovadora y de experimentación en los contenidos -las palabras- de las luchas y en sus formas de participación, organización y enfrentamiento, son nuestra forma de intervenir en las múltiples resistencias frente a una vida cotidiana presidida por la inseguridad y la soledad. Un intento de construir espacios de cooperación y reconocimiento de las distintas subjetividades en lucha.

La libertad que nos da nuestra autonomía y las sinergias entre multitud de procesos prácticos y teóricos, nos otorgan una potencia constituyente que, además, opera en el vacío dejado por la izquierda cómplice, frente a un capitalismo cada vez más violento e irracional. Apostar por la expresión política de un sufrimiento oceánico y por la construcción de una subjetividad antagonista, es un propósito racional y liberador. Hacerlo en las condiciones actuales de debilidad de los sujetos sociales y de degradación de la izquierda es una tarea prometéica.

Actuar entre una identidad perdida, la del viejo radicalismo y una identidad en construcción, sin un modelo ni un cuerpo orgánico definido en el que habitar, es una experiencia estimulante pero agotadora. El cuadro se completa con el debilitamiento, cuando no abandono, e incluso arrepentimiento y deslealtad, de algunas de las personas con mayor trayectoria y experiencia militante. Cada vez hay menos fuerzas transformadoras del pasado, pero son pocas las personas que apuestan con decisión por construir un futuro que, como tal, no existe.

Solo la sobredeterminación del tiempo y de los recursos sociales productivos, por parte de un@s cuant@s, va más allá de una militancia de ratos libres o autorreferente, generando dinámicas capaces de llenar la brecha de un eterno presente, de un tiempo muerto donde las luchas sociales, aisladas, corporativas, desinteresadas de todo lo que no sea su propia causa inmediata, están condenadas a tener como referente político a la izquierda capitalista. La pregunta es: ¿hasta donde llegar con la sobredeterminación?

SOMOS UN COLECTIVO AUTÓNOMO QUE INTENTA LA ACUMULACIÓN DE FUERZA ANTICAPITALISTA DESDE LO SOCIAL

UN COLECTIVO de colectivos no un partido, un sindicato, una O.N.G., ni un grupo religioso. Somos un grupo en acción. Heterogéneo. La identidad colectiva se compone tanto de las variadas actividades que realizamos en la práctica y en el estudio, como de la actividad y el proyecto común. Sin embargo, no se trata sólo de la suma de actividades sectoriales o generales que se coordinan, sino de algo más. Se trata, sobre todo, de lo que tiene de específico el proyecto y de la deliberación sobre ello.

AUTÓNOMO. La autonomía potencia la capacidad de tener iniciativas propias y llevarlas a la práctica, en orden a los fines decididos colectivamente. Supone la libertad de actuar sin tutelas ni jerarquías. Pero también la responsabilidad de realizar la tarea encomendada, evaluar los resultados, introducir los cambios necesarios y coordinarse con el conjunto, aportando la experiencia propia y participando en el debate sobre la experiencia de los demás. La autonomía sin responsabilidad y sin esfuerzo no es libertaria sino una máscara del individualismo liberal.

Autonomía es una crítica constante a la subalternidad, la jerarquía y la dependencia que se materializan en las acumulaciones de poder, de información y de privilegios. El origen de la diferencia está, no sólo en la mayor actividad de algunos, sino, sobre todo, en el desentendimiento y descompromiso de los otros.

Autonomía es independencia económica y funcional frente a fines o medios impuestos desde fuera del colectivo. Esto exige la autofinanciación, el manejo de la escala del proyecto, la corresponsabilidad de todos y todas los integrantes y las relaciones de igual a igual con otras organizaciones.
La autonomía, hoy, exige conocer, denunciar y combatir, desde dentro del movimiento, la tutela que la izquierda capitalista tiene sobre el M.A.G., impulsando un espacio anticapitalista y plural de acumulación de fuerza y apoyo mutuo desde lo social. La autonomía, hoy exige también estudiar, debatir y comprender la experiencia de los grupos juveniles autónomos, sus aciertos y sus errores, su pasado y su presente. Autonomía es todo esto, pero desde las dinámicas reales de lucha social. Fuera de estas dinámicas, la autonomía es solo autismo

ANTICAPITALISTA. No solo contra los efectos de la explotación y la degradación del trabajo asalariado. También contra las condiciones políticas, materiales y culturales que permiten el despliegue ininterrumpido del modo de producción social dominante es decir, del trabajo asalariado, y lo presentan como el único posible.

La globalización de la economía extiende y consolida el sometimiento del trabajo, la actividad y la naturaleza, al ciclo de reproducción ampliada del capital. La relación capitalista opera en el conjunto de las relaciones sociales, no solo en la esfera productiva, en el interior de las empresas. No hay un espacio de explotación, el espacio productivo y un espacio democrático, el espacio social. La lógica capitalista del beneficio privado ha colonizado la economía, la política, las relaciones sociales y la conciencia de los individuos.
El sindicalismo opera sólo en el ámbito productivo, obviando toda la envolvente político-social de la condición asalariada. Esta aparente despolitización implica, en el sindicalismo mayoritario, la importación de todos los valores de la economía (crecimiento, estabilidad, competitividad, globalización, gobernabilidad), como condición para la satisfacción del deseo consumista de los asalariados. A su izquierda, ante un mundo ininteligible, el sindicalismo radical vuelve sus ojos hacia las teologías liberadoras de la izquierda. El esencialismo obrerista, (en un mundo de ciudadanos y consumidores), los adjetivos sobre el sindicalismo mayoritario y las reclamaciones de "más lucha" sin establecer fines y contenidos distintos a quienes critican, carecen de capacidad para expresar todos los daños sociales que permanecen ocultos.

La izquierda mayoritaria considera la precariedad masiva y la exclusión como carencias temporales que el desarrollo económico acabará absorbiendo. Esta concepción priva de capacidad revolucionaria a los sujetos excluidos y proporciona legitimidad a los aparatos de control social de los pobres buenos (ONG's, socioburocracia) y a los aparatos de represión de los pobres malos (jueces, policías, militares, carceleros, etc).

En este contexto ideológico y sin ascenso de la lucha de masas, el crecimiento de las opciones más radicales, se produce en base a los mismos contenidos que los sindicatos mayoritarios, aprovechando el desgaste que les origina su burocracia y su corrupción. Perseguir hoy la respetabilidad supone, o bien amputarse lo más verdadero y lo más combativo, o bien convertir esos contenidos en declaraciones para la galería.

Mas allá de sus diferencias, la mayoría de la izquierda y la derecha coinciden en el protagonismo de la economía y la persecución de los intereses particulares como meta de los individuos. Los obreros no viven como los burgueses, porque no pueden, no porque condenen esa forma de vida. La inutilidad del progresismo se acentúa en la economía global, que aumenta la escala de funcionamiento del Capital, sin posibilidad alguna de aumento correlativo de contrapesos jurídicos o políticos.
Luchar contra el capitalismo exige clarificar la trama relacional en la que este modelo de economía, sociedad e individuo se retroalimentan, posibilitando el despliegue cada vez mas totalitario del orden capitalista.

Una intensa experiencia en la elaboración y difusión de un discurso radical, así como en los intentos de organización del conflicto en los sectores más perjudicados, muestra a su vez una nueva y dura contradicción. Quién tiene la tradición y la estructura para organizar la lucha, no quiere hacerlo y quién soporta toda la brutalidad y la injusticia del régimen, teniendo la lucha como única salida racional para mejorar su suerte, no puede hacerlo, porque carece de los conocimientos, la organización y la tradición para luchar. Es decir, desde dentro de la izquierda, el camino está bloqueado, pero fuera también. La acción revolucionaria es tan imposible como necesaria. Esta imposibilidad es práctica y teórica. Hay que desbloquearla expresando prácticamente su posibilidad. De lo pequeño a lo grande. El MAG, como movimiento de masas es la alternativa práctica al cierre de la política de la izquierda tradicional.

Operar en los márgenes de la izquierda es un camino, siempre que se intervenga con fuerza propia y se mantenga el centro de gravedad fuera de dicha izquierda. Intervenir con fuerza propia implica estar territorializado en lo social, en las necesidades reales de la gente. Las acciones puntuales esporádicas, tanto locales como internacionales, así como la militancia virtual de internet, tienen utilidad si realimentan actividades sociales reales. Sin embargo, con la carga de exterioridad que supone un discurso radical, el MAG reducido a jornadas, foros, contracumbres y campañas, puede ser una tentación para una huida de las dificultades del trabajo antagonista desde dentro de una sociedad conservadora, aunque explotada y agobiada. Una alternativa global real, solo puede ser el resultado de la confluencia de miles de alternativas locales reales. La resistencia global será local o no será. Sin lucha en miles de lugares sociales OTRO MUNDO ES IMPOSIBLE.

Es desde fuera de la lógica mercantil, como podemos avanzar si queremos enfrentarnos a la globalización capitalista. Sin embargo, aunque estamos en parte fuera, por nuestras ideas y algunas de nuestras prácticas, también estamos dentro. Administrar esta contradicción es la única brújula para navegar entre la apología de lo real y los discursos ideológicos puristas, impotentes y sectarios.

ANTICAPITALISMO Y FEMINISMO. Todas las formas sociales se han sustentado en una cierta relación entre hombres y mujeres. Todo contrato social, flota sobre un invisible contrato sexual. Luchar contra el capitalismo, hoy, es también levantar acta y actuar en consecuencia respecto a la unidad de acción entre el modo de producción social capitalista y la opresión secular de género.

Las categorías con que la izquierda critica el capitalismo, provienen del universo cultural de la crítica ilustrada a la economía política liberal. En este sentido, la izquierda es heredera de una cierta confusión entre una parte de la actividad humana, el trabajo (productor de los bienes y servicios que las personas y las sociedades humanas necesitan), el trabajo asalariado (productor de valor en la economía clásica y en su crítica) y el conjunto de la actividad humana, que además de trabajo, contiene cultura, sentimientos y política, productores de la vida social. Este corsé teórico es un freno para la construcción de un pensamiento anticapitalista y feminista.

La lucha contra el capitalismo es también la lucha por la emancipación de las mujeres frente a los hombres. La emancipación de las mujeres supone la transformación de la relación, es decir la transformación de los dos polos, el que oprime (los hombres) y el que es oprimido (las mujeres). Pero la fuerza motriz de esta transformación sólo puede proceder, a escala social, de la constitución política del sujeto oprimido, las mujeres, en lucha contra la agresión de la que son protagonistas y beneficiarios los hombres. Esta lucha no puede ser postergada por razones éticas. Pero tampoco por el potencial de antagonismo político que contiene, frente al despliegue del capitalismo patriarcal. La experiencia demuestra la necesidad de la organización autónoma de las mujeres para realizar una política específicamente feminista que resuelva las contradicciones con los hombres, desde dentro de las organizaciones mixtas anticapitalistas.

 

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