domingo, 24 de septiembre de 2017

¿Soñando desde la izquierda?

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La izquierda social, la que históricamente luchó contra la esclavitud y la explotación, contra el fortalecimiento de la estructura militar conocida como OTAN, la que se alimentó de la potencia de los movimientos sociales contra la construcción europea del modelo Maastricht, contra la mercantilización de los derechos, la liberalización sin fronteras ni resquicios..., no ceja en sus afanes de supervivencia. Tampoco se arredra la hoy minoritaria izquierda institucional. Una y otra, pese a tanto viento contrario, derrochan valor, emplazan a los poderosos, inventan fórmulas, buscan compañías. En alguna ocasión, como ésta de la convocatoria para una huelga general, se produce la coincidencia formal. Algún hálito invisible, o más bien una férrea voluntad que entronca con tantos que, durante siglos, resistieron a la construcción de una sistema destructor, mantiene vivo este esfuerzo que requiere grandes dosis de esperanza... Toda la que es necesaria para salvar la gran sima de incomunicación y ruptura entre las jerarquías de las organizaciones sindicales y sus bases. Una sima que crece a medida que, año tras año desde hace ya muchos, van cuajando los acuerdos síndico-patronales que producen efectos sangrantes: el debilitamiento de la negociación, el empleo mínimo, el salario simbólico, la contratación fraudulenta, el cierre patronal, la inhibición en el control de las actividades económicas empresariales y bancarias... Esta falsa concertación que se produce en condiciones frecuentemente indignas, alimenta además el clima necesario para que la corrupción prolifere y se asuma como una circunstancia inevitable, como el fruto natural que acompaña al ejercicio del poder.

La miseria de la condición humana se impone sobre las buenas intenciones, las excelentes elucubraciones, las impecables reconstrucciones y elaboraciones teóricas. La praxis actúa como un detector de grandeza y de ambiciones. La acción, la intervención social, el cuerpo a cuerpo con los problemas concretos de la sociedad, permite diferenciar a los que se pasean dulcemente por las páginas de los libros “sagrados”, de quienes, además, luchan con férrea voluntad por comprender y resolver, por dar de nuevo vida al protagonismo de los pueblos.

Sueñan, unas y otras izquierdas, que alguna vez los pueblos volverán a dirigir sus luchas. Esperan que el ser social pueda sobreponerse a tanta falsa propaganda que pretende encubrir los conflictos y vuelva a clamar por sus derechos después de tomar los numerosos “palacios de invierno” por los que se pasean las multitudes del siglo XXI. Creen que existen los milagros y que uno de ellos puede producirse el 29 de septiembre de 2010 cuando las masas enfervorizadas paralicen toda actividad productiva, todos los servicios, todas las actividades consumistas, toda la contemplación “tele-internética-visual”. O la mayoría de ellas. Será el día del apagón total. Algo semejante a lo que se produjo en los días de los éxitos patrio-futboleros. ¿Será posible? , será difícil si los sueños, las esperanzas, las creencias, las disciplinas no son sustituidos por la regeneración de la voluntad de lucha, la moral del trabajo, la fuerza de la resistencia al clima general de compadreo, amiguismo y clientelismo.

Muchas son las sombras que se ciernen sobre esta convocatoria. Y no porque falten las condiciones objetivas que la sustentan. Más bien porque ni los convocantes ni los convocados parecen muy convencidos. Los primeros, los sindicatos mayoritarios, con tanta dilación y titubeo, no han manifestado una sostenida voluntad de lucha contra los abusos que se han multiplicado durante las dos últimas décadas sacudiendo a trabajadores de toda condición, a los parados, los prejubilados, los jubilados. Millones de hombres y mujeres asalariados, mal asalariados, mal contratados, muy amenazados, también atenazados son presa de la incapacidad movilizadora. Como lo son además cuantos ignoran lo que es el derecho constitucional al trabajo con garantías contractuales y sociales, a la huelga, el derecho al paro, el derecho a la pensión, la sanidad, la educación, la vivienda, el transporte, el ambiente y la alimentación saludables... el derecho a la vida humana después de recuperar el valor de la dignidad. Ni hay tampoco un trabajo de pedagogía política, de animación social, que despierte la conciencia de sujeto, de clase sometida, alienada.

La izquierda que sobrevive a lo largo de tantos avatares, es plural. Se aloja en diversos espacios sociales. Los sindicatos predominantes recogen a una buena parte de esa izquierda aunque, ¡ay!, no les falta un cierto pensamiento, una excesiva práctica de docilidad y sumisión. Quizás por eso no fraguaron las propuestas transformadoras de otros tiempos no tan lejanos. Hay ejemplos que no pueden esfumarse como fue, por ejemplo, la inicial resistencia a las privatizaciones que avanzan sin parar en todos los ámbitos desde 1990, iniciada en forma de observatorio de las privatizaciones. No ha dado los resultados esperados porque no ha continuado el trabajo comenzado. Tampoco la izquierda institucional, Izquierda Unida, que constituyó un instrumento similar, ha continuado con ese empeño, aún cuando se programaron tareas de coordinación con los sindicatos para controlar y detener la entrega de actividades productivas y servicios en manos de empresas que se han dedicado al expolio social. O la propuesta de Iniciativa Legislativa para el reparto del empleo, trabajosamente construida por iniciativa de IU, con una amplia red de movimientos sociales, con sindicatos , “deconstruida” finalmente con total eficacia. Era una medida reparadora de la justicia laboral y social para luchar con mejores armas contra los ladrones de cualquier pelaje (banqueros, empresarios desaprensivos, ministros bienpensantes, dirigentes políticos, sindicales etc. poco atentos a las necesidades concretas y a la democracia profunda, económica, cultural, política......). Una iniciativa que consiguió sumar 700.000 firmas y movilizar a un importante contingente de ciudadanos y ciudadanas en numerosas convocatorias. Iniciativas que pueden resucitar aunque hoy no aparezca voluntad manifiesta alguna para ello . Y otras importantes resistencias arrastradas por la rápida corriente del olvido en pro de la pacificación social como fueron las luchas contra las empresas de trabajo temporal que, legal o ilegalmente, continúan apropiándose el salario y la vida de una gran parte de nuestra juventud; las movilizaciones por el derecho a la vivienda; las más recientes contra el plan Bolonia, la elitización de la educación superior, universitaria, apoyada sin embargo por los sindicatos mayoritarios...

La Huelga General del 29-S largamente anunciada y aún más esperada, podría ser una oportunidad de recuperación de propuestas, debates, encuentros, inclusiones. Podría intentar algo más que detener las medidas asociales de este gobierno liberal-conservador. Porque las propuestas gubernamentales no decaen, ni se atisba siquiera algún intento defensivo frente a los ataques, graves, contra los más elementales derechos.

¿Renacerá al menos la izquierda, las izquierdas, para recuperar, por ejemplo, lo que fue el fuerte impulso que alcanzó a mediados de los ochenta, cuando ya casi nadie lo esperaba? Refundar con nuevo intento, exige también recordar. Se impone extender la memoria más allá de las víctimas de la guerra civil y del franquismo fascista. Hay que recoger también la historia inmediata de quienes, rechazando la falsa paz de los pactos de la transición, trabajaron para refundar una democracia radical, lo que fue el proyecto de Convocatoria por Andalucía, primero, de Izquierda Unida después.

Quienes iniciaron la andadura de Izquierda Unida, por ejemplo, lo hicieron impulsados en gran medida por la urgencia para recuperar el espíritu de la izquierda republicana o quizás aún más allá, los ideales revolucionarios de tiempos frustrados. Quienes continuaron durante los tiempos más exitosos de ganancias electorales, luchaban todavía por materializar los principios fundadores de la democracia participativa, la elaboración colectiva, la participación profunda en la toma de decisiones, la limitación inflexible de los mandatos representativos y orgánicos, la transparencia y claridad en los procesos de elaboración de programas, listas..., la democracia económica con la claridad y transparencia que no se han dado tampoco en la historia de IU. Trabajaron para conseguir que se tomaran en serio estas cuestiones, para evitar caer en manos de los comandantes, eufemísticamente llamados profesionales de la política. Para recuperar, en fin, el sentido profundo de la política...

Aún siguieron, fueron los que tuvieron la osadía, temeridad tal vez, de soportar los tiempos de confrontación interna, los cantos esperanzadores del partido gobernante, el PSOE, con el que no fue posible avanzar en acuerdos a pesar de las comisiones, reuniones, encuentros más o menos eficaces según el talante de los protagonistas. Vieron como se iban diluyendo los elementos para construir una alternativa al sistema destructor de la democracia formal, falsamente representativa. Sufrieron, no en silencio, el desmantelamiento de la elaboración colectiva, la progresiva jerarquización que se imponía a los órganos colegiados. Un proceso de autodestrucción en el que destacaron algunos de los que hoy diagnostican el agotamiento de IU, como si fuera un yacimiento de petróleo, y reclaman la refundación genérica de una nueva izquierda. Todo ello cristalizó duramente a comienzos del siglo XXI en la fiebre arrasadora de la remodernización. La fiebre que acompañó a la enfermedad casi mortal de las urnas. Unas urnas condicionadas por la exigencia de ingentes recursos económicos y mediáticos e infectadas con los virus de las circunscripciones provinciales y el truco D´Hondt. Enfermedades contra las que el partido gobernante de ayer y de hoy, no está dispuesto a trabajar.

No es nostalgia, es esperanza. Confianza en que la razón se impondrá al ruido del rock-and-roll, a la basura informática, a la desagregación social, laboral, económica, cultural que quieren imponer. Esperanza en que el estudio, el debate, la intervención social cara a cara, volverán con honestidad donde la hubo, se emprenderán con convicción donde nunca se practicaron. Y principalmente recuperación de la fuerza y la voluntad necesarias para expresar el conflicto social encubierto y organizar las respuestas necesarias.

Es un clamor para que los refundadores (requetefundadores, podría decirse) no sean los mismos que primero demolieron, empujados por la imposición de sus pensamientos solipsistas y por la necesidad de seguridades innombrables. Y para que las calles y las plazas amplíen el espacio de lucha meramente virtual en el que ya está una parte reducida de la sociedad existente.

Saldrá por fin la huelga adelante el día 29, tarde, más o menos general. Saldrá lastrada por abundantes dejaciones. Podrá contabilizar porcentajes de asistencia, de apoyo pasivo, de ausencias activas, de rechazos. Habrá que compararla con otras anteriores (la del 20 de junio de 1985 contra la reforma de las pensiones, el 14-D de 1988 contra el plan de empleo juvenil, el 28 de mayo de 1992 contra la reforma de las prestaciones por desempleo, el 27 enero de 1994 contra la segunda reforma laboral, 20 de junio de 2002 contra la reforma del seguro de paro... de las que habla el libro “El Movimiento Antiglobalización en su laberinto”) también con las históricas. Para que alguna vez la historia ayude de verdad a superar los errores del pasado.

Mª Teresa Molares, profesora de Sociología Universidad de Alicante.
Fue miembro de la presidencia federal de IU, participa en ella desde su fundación

Alicante 5 de septiembre 2010

 

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