domingo, 19 de noviembre de 2017
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Agricultura industrial y consumo responsable (no son compatibles)

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La industrialización de la agricultura y ganadería introducen modificaciones profundas en los factores productivos de los alimentos:


  1. sobre el trabajo, incorporando maquinaria y especializando la producción para aumentar la productividad y reducir la mano de obra.
  2. sobre la semilla, planta o animal, seleccionando las variedades y razas que producen más, desconsiderando las más adaptadas ecológicamente.
  3. sobre las condiciones climáticas y naturales, alterando el desarrollo natural del cultivo (regadío, invernadero, abonos y plaguicidas químicos, etc). Se pasa de alimentar el suelo a alimentar a las plantas, usando el suelo como mero soporte.
  4. sobre los animales, tratándolos como máquinas productoras de carne, leche o huevos.
  5. sobre la sabiduría tradicional campesina, sustituyéndola por tecnología.

Las grandes explotaciones agropecuarias se especializan en un solo producto, agrícola o ganadero, en régimen de monocultivo: una fase de engorde de los animales de granja, 3 ó 4 tipos de hortalizas, un tipo de frutales, etc. El despliegue de estas condiciones supone la transición de la agricultura tradicional a la agricultura industrial. La especialización productiva favorece los excedentes agrícolas en los países industrializados y el comercio internacional de alimentos. Ya no basta con ser agricultor, hay que producir más y más barato para competir en los mercados, en una carrera sin fin. Las explotaciones agrarias necesitan cada vez más dinero y hacerse más grandes para sobrevivir. Los productos se consumen cada vez más lejos de donde se producen, viajando a largas distancias y vendiéndose a precios cada vez más bajos.

La especialización (monocultivo) y la intensificación (aumento de productividad) aumentan las enfermedades en los cultivos y en el ganado. El suelo se erosiona y empobrece, las plantas y los animales enferman y los ríos y acuíferos se contaminan. Cada vez hay más alimentos, pero también más hambre. Se expulsa más gente del campo que tiene menos posibilidades de vivir dignamente en las ciudades. Los países del Sur producen piensos para engordar a los animales de los países ricos favoreciendo que la carne sea abundante y barata. Pero necesitan ayuda alimentaria para alimentar a su población. Con la crisis de los combustibles fósiles, millones de hectáreas se dedican a producir pan para los coches y hambre para los pobres. Los alimentos, convertidos en mercancía, no se producen para la gente que tiene hambre sino para quien puede pagarlos.

La gran distribución coacciona a los agricultores, tanto en sus precios de venta como decidiendo qué alimentos pueden producir y cuáles no. Los grandes volúmenes de compra que manejan, les permiten imponer pagos a 180 días y bajadas de precios, más allá de los costes de producción de los agricultores. La proliferación de grandes superficies arruina el pequeño comercio y la pequeña producción campesina en todo el mundo. El 50% de la población mundial aún trabaja y vive en el campo y una gran parte produce sus propios alimentos. Por eso el comercio mundial de alimentos, que representa poco más del 10% de lo producido y consumido, mediante sus bajos costes de producción a gran escala, crece provocando la ruina y la emigración forzosa de millones de campesinos todos los años. Las hortalizas de Almería y Huelva son más baratas a costa de liquidar o incorporarse la pequeña producción, contaminar la naturaleza y explotar de forma despiadada a los inmigrantes.

Los residuos de la agricultura industrial son enormes: envases, productos químicos, plásticos, contaminación de las aguas, la tierra, el aire, los alimentos y nuestros propios cuerpos. La agricultura tradicional era menos productiva en términos económicos, pero mucho más eficiente en términos nutritivos, de salud y ecológicos, reciclando los residuos (estiércol de ganado) como abono para la tierra.

Las vacas locas, los pollos con dioxinas, los piensos contaminados con transgénicos y otros productos sintéticos, la gripe aviar y la gripe porcina -rebautizada como gripe A-, no son producto de errores o negligencias sino, resultado de un abaratamiento de costes sin límite. La consecuencia de este modelo de producción alimentaria es: mil millones de hambrientos y millones de muertos por enfermedades alimentarias asociadas a la desnutrición, la toxicidad de los alimentos industrializados y la contaminación.

Frente a la contaminación, el agotamiento del suelo y el hambre en el mundo, la agricultura industrial nos propone la tecnología transgénica (que, además de ser cara, comporta riesgos sobre la salud y el medio ambiente) y la semillas estériles (que no pueden reproducirse) que obligan a usar más productos químicos y aumentan la dependencia de los agricultores respecto a las multinacionales.

Los consumidores responsables tenemos mucho que decir en todo esto. Nuestro consumo de alimentos es una pieza fundamental de este proceso. Reducir el consumo de carne, tabaco, alcohol, azúcar refinada y café. Comprar alimentos frescos, ecológicos, de temporada, lo menos envasados posible, de producción y comercio local y que mantengan las razas y variedades tradicionales.


CAMPAÑA
DÍA MUNDIAL DE LA ALIMENTACIÓN AGROECOLÓGICA
(16 OCTUBRE 2014)

Alimentar al mundo, cuidar el planeta
Defender la Agricultura Familiar Agroecológica
Garantizar una Alimentación sin Transgénicos ni Agrotóxicos


Sigue la Campaña en nuestro FB: https://www.facebook.com/GarbancitaEcologica

 

 

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